Escribir para fracasar…
Sentado frente al monitor, con los dedos sobre el
teclado, la pantalla en blanco con algunos pequeños íconos y una infinidad de
imágenes, palabras y textos que han sido censurados por el quehacer
mental.
Alguien habla. Los papeles sobre el escritorio son una
avalancha de realidad, trabajo, dinero e ideas por vender… ¿A dónde irán a
parar las letras que se plasmaran en este panfleto?, se refugiaran entre los
guantes de látex, las agujas y los desechos hospitalarios convirtiéndose así en
basura no-orgánica, no reciclable.
Y por supuesto, las letras alimentaran a quien las
lee, pero luego, más nada. Se volverán en contra de quien las ha escrito, en
contra de ese ser “maléfico” que dispuso externar una opinión, un gesto, una
imagen tomada de la cotidianidad pero que hoy para muchos es causa de asombro.
¡Oh, nunca note eso!, dirán algunos. Es una idiotez, pensaran otros.
Al escritor lo motiva el fracaso, esa sensación de qué
alguien pueda tomar sus textos, devorarlos con la mirada, y cargarlos de
crítica, odio, hastío, incluso repulsión vomitiva. No importa. Al escritor esto
le alimenta, le engrandece el ego, para así continuar su labor. Labor que se
aleja de las intenciones pretensiosas.
Porque allí, en medio del bullicio, el ruido de la
lluvia, el grito de los pájaros, el sonoro cantar de los automotores, el
arrullar de las bocinas, el hermosísimo plac,
plac, del alambre de púas electrificado…se encuentra un ser que trata y
busca ejemplificar la “belleza” a través de las letras.
La tarea del escritor consiste fielmente en fracasar
una y otra vez, reelaborar una nota, intercambiar una coma, alargar, recortar y
editar párrafos, eliminar vicios, y todo
ello con la finalidad de darse a entender.